Los valores del emprendedor no vienen con el título universitario

Antes de comenzar con este artículo, y para evitar discusiones, quisiera dejar claro que estoy absolutamente de acuerdo con que los estudios y los títulos universitarios aportan valor. Son un logro personal y un activo importante entre los recursos con los que enfrentamos la vida profesional.

Estudiar importa. La educación puede proporcionarnos conocimientos financieros, estratégicos, tecnológicos y administrativos; puede ampliar nuestras redes y ofrecernos herramientas para tomar mejores decisiones. De hecho, en un artículo anterior me he referido a la importancia del estudio continuo para mejorar como emprendedor.

Sin embargo, el punto al que quiero referirme hoy tiene que ver con una pregunta diferente que me he hecho recientemente, a raíz de los resultados del estudio de valores del emprendedor que realicé entre 244 emprendedores de 27 países:

No intentes convertirte en una persona de éxito, sino en una persona de valor
— Albert Einstein

¿El título universitario también determina los valores con los que una persona dirige su empresa?

Es decir: ¿un emprendedor con posgrado es más disciplinado, flexible, resiliente, responsable, honesto o más orientado al servicio que alguien que emprende habiendo alcanzado solamente la educación secundaria?

Los resultados de mi estudio sugieren que, al menos en nuestra muestra de 244 emprendedores, la respuesta es mayoritariamente no.

Hice cruces de las diversas variables que estudié con el nivel educativo más alto alcanzado por los entrevistados. Para mi sorpresa —porque admito que esperaba otro resultado— no encontré muchas diferencias significativas. Solo una, que te cuento más adelante.

Saber más no es necesariamente valorar diferente

Una cosa son las competencias: conocimientos y habilidades que podemos adquirir mediante educación y entrenamiento. Sin duda, marcan una diferencia importante en los recursos con los que podemos enfrentar las decisiones que exige el camino emprendedor. Y no solamente me refiero a las competencias y conocimientos del área específica en la que emprendemos, sino también a aquellos relacionados con todas las tareas administrativas, gerenciales, financieras y comerciales que nos acompañan a lo largo del camino, independientemente de cuál sea el sector de nuestro negocio.

Otra cosa, sin embargo, son los valores: principios y prioridades que orientan nuestras elecciones, especialmente cuando debemos decidir qué es importante, qué estamos dispuestos a sacrificar y cómo queremos actuar.

Esos valores no necesariamente se adquieren con la educación formal. Sus bases se establecen mucho antes, desde la formación que recibimos en casa durante nuestra infancia. También se consolidan con la educación primaria y secundaria. Los amigos que hacemos, los lugares en los que vivimos, el entorno en el que nos formamos, las personas que admiramos, las experiencias que atravesamos y las actividades extracurriculares a las que estamos expuestos son elementos que contribuyen a la formación de nuestros valores desde muy temprana edad.

Más adelante, la experiencia profesional también deja su huella. Un jefe que admiramos, una empresa cuya cultura nos inspira, un fracaso que nos obliga a reconsiderar nuestras prioridades o incluso una decisión de la que nos arrepentimos pueden llevarnos a revisar aquello que consideramos importante. Los valores no son piezas completamente inmóviles de nuestra personalidad.

Por supuesto, la educación universitaria, además de conocimientos técnicos, trae consigo su propia porción de formación en valores. Nos expone a nuevas personas, ideas, realidades y formas de entender el mundo, que pueden coincidir o entrar en conflicto con los valores que ya traemos internalizados. Pero esa experiencia se construye necesariamente sobre una base que comenzó a formarse mucho antes de llegar a la universidad.

Y eso establece matices.

Una universidad puede enseñarnos a calcular la rentabilidad de una decisión. Sin embargo, es mucho más difícil que nos enseñe qué estamos dispuestos a hacer —o a sacrificar— para conseguirla.

Puede enseñarnos técnicas de negociación, pero no necesariamente determinará cuán honestos seremos cuando tengamos información que la otra parte desconoce. Puede enseñarnos a diseñar una estrategia para enfrentar una crisis, pero la forma en que reaccionemos emocionalmente ante la adversidad también dependerá de recursos personales que hemos ido construyendo a lo largo de nuestra vida.

La educación puede ampliar lo que un emprendedor sabe hacer, pero no necesariamente cambia los valores desde los que decide hacerlo.

Lo que cuentan los datos

En el estudio que realicé encontré cinco dimensiones principales que agrupan los valores de los emprendedores:

  • Integridad relacional: cómo te relacionas con los demás en tu negocio.

  • Gestión adaptativa: cómo organizas tus recursos para alcanzar tus objetivos.

  • Responsabilidad personal: cómo asumes tu propio rol en tus resultados.

  • Fortaleza psicológica: cómo enfrentas los problemas.

  • Motivación intrínseca: cómo te mantienes motivado para seguir adelante.

Comparé los resultados de cuatro grupos según su nivel educativo: educación secundaria, nivel técnico o tecnológico, estudios universitarios y posgrado. Las medias son sorprendentemente parecidas en cuatro de esas cinco dimensiones. Es casi una línea plana.

Los años de educación formal pueden ser muy diferentes. Sin embargo, la importancia concedida a aspectos como la honestidad y el servicio prácticamente no se mueve. Lo mismo ocurre estadísticamente con la Gestión Adaptativa, la Fortaleza Psicológica y la Responsabilidad Personal.

Esto no significa que todos los emprendedores tengan los mismos valores ni que la educación sea irrelevante. Dentro de cada grupo existen, naturalmente, diferencias individuales. Lo interesante es que, cuando agrupamos a los participantes por nivel educativo, tener más o menos años de educación formal no fue una variable que permitiera diferenciar significativamente cuatro de las cinco dimensiones de valores estudiadas.

En otras palabras, el emprendedor con posgrado no resultó, por el solo hecho de tenerlo, significativamente más resiliente, responsable o íntegro que quien tenía educación secundaria, técnica o universitaria.

La excepción: la motivación intrínseca

La única dimensión en la que encontré diferencias estadísticamente significativas entre los cuatro grupos fue la Motivación Intrínseca. Pero incluso aquí el resultado merece ser mirado con cuidado.

No encontramos una línea ascendente perfecta en la que más educación = más motivación intrínseca. Al analizar posteriormente dónde se encontraba la diferencia, esta resultó significativa específicamente entre el grupo con educación secundaria y el grupo con educación universitaria.

Los emprendedores con educación universitaria presentaron una Motivación Intrínseca más alta que aquellos cuyo máximo nivel educativo era la secundaria. Los grupos con formación técnica o tecnológica y con posgrado también presentaron medias superiores al grupo de secundaria, pero esas diferencias no alcanzaron significación estadística en las comparaciones entre grupos.

¿Qué significa este resultado?

¿Nos indica que pasar por la educación superior puede fortalecer ciertas fuentes internas de motivación? ¿Podría la experiencia educativa ampliar aspiraciones, intereses o la percepción de nuestras propias posibilidades? ¿O sucede lo contrario y las personas con determinados perfiles motivacionales tienen también mayor probabilidad de continuar sus estudios?

Con estos datos no podemos saberlo.

Y esa distinción es importante. Encontrar una asociación no significa haber encontrado su causa. Pero el resultado sí abre una puerta interesante para seguir investigando la relación entre educación y motivación en quienes deciden emprender.

El resultado más provocador: tampoco encontré diferencias en logro

Hay otro resultado que me parece especialmente interesante. Además de los valores, en el estudio recopilé información sobre el logro que los entrevistados percibían haber alcanzado con su negocio. Una vez más, no encontré diferencias estadísticamente significativas según el nivel educativo.

Esto no significa que estudiar no contribuya al éxito de un emprendedor. Sería incorrecto sacar esa conclusión de estos datos. La educación puede ofrecer herramientas, conocimientos, contactos y oportunidades que resulten decisivos en muchas circunstancias.

Lo que mis resultados indican es algo más específico: en esta muestra, el nivel educativo no estableció diferencias estadísticamente significativas en el nivel de logro reportado por los emprendedores.

El título académico puede modificar las herramientas con las que llegamos al emprendimiento. Puede permitirnos resolver mejor determinados problemas o incluso abrirnos puertas que de otra manera serían más difíciles de atravesar. Pero no apareció en este estudio como una variable que separara claramente a quienes percibían haber logrado más de quienes percibían haber logrado menos.

Y esto nos lleva nuevamente a la pregunta central del artículo.

Si la educación formal no explica grandes diferencias en los valores desde los que emprendemos, ¿qué sí podría hacerlo?

Nos formamos profesionalmente, pero también nos formamos como personas

Familia, escuela, cultura, experiencias profesionales, modelos de referencia, éxitos, fracasos, relaciones personales, circunstancias difíciles, decisiones acertadas y equivocadas… Son muchas las experiencias que pueden contribuir a construir y modificar nuestros valores a lo largo de la vida.

Nos formamos para administrar empresas, pero también llegamos a ellas ya formados, en buena medida, como personas. Y cuando emprendemos, ambas formaciones entran juntas por la puerta.

Llevamos nuestros conocimientos técnicos y profesionales, pero también nuestra manera de reaccionar cuando algo sale mal. Llevamos lo que aprendimos sobre finanzas, mercadeo o estrategia, pero también nuestra forma de relacionarnos con un empleado, un cliente o un socio. Llevamos nuestras credenciales académicas, pero también nuestra disciplina, nuestra honestidad, nuestra capacidad de asumir responsabilidad y las razones profundas por las que decidimos seguir adelante cuando las cosas se complican.

Por supuesto, los valores pueden evolucionar. Podemos cuestionarlos, reforzarlos y desarrollar comportamientos más coherentes con ellos. Pero un MBA no transforma automáticamente la honestidad, la resiliencia, la responsabilidad o la orientación al servicio de quien lo cursa.

Emprender exige preparación. Cuanto más complejo sea el negocio, más necesarias pueden ser determinadas competencias técnicas, financieras o estratégicas. Pero los resultados de mi estudio sugieren que existe también otra preparación que no necesariamente viene acompañada de un diploma: aquella que determina cómo reaccionamos ante la adversidad, cómo tratamos a los demás, cuánto asumimos la responsabilidad de nuestras decisiones y qué nos impulsa a seguir adelante.

Tal vez la pregunta no sea solamente qué necesita aprender una persona para convertirse en mejor emprendedor, sino también qué valores necesita desarrollar para convertirse en el emprendedor que quiere ser.


Si deseas conocer tu propio perfil actual de valores como emprendedor y recibir algunas recomendaciones sobre cómo mejorar los aspectos que tienes menos desarrollados, te invito a realizar la prueba EVE (Evaluación de Valores del Emprendedor), que desarrollé a partir de los resultados de este estudio.

Toma aproximadamente cinco minutos y es totalmente gratuita. Puedes encontrarla en el siguiente enlace.

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