¿Emprenden diferente hombres y mujeres? Esto es lo que dicen los datos
Hace un tiempo escribí un artículo titulado Los 8 superpoderes de las mujeres emprendedoras. En él revisaba distintas investigaciones que habían encontrado algunas características que parecían presentarse con mayor frecuencia entre las mujeres y que podían convertirse en fortalezas a la hora de emprender: empatía, capacidad para trabajar en equipo, pensamiento sistémico, cautela o preocupación por el impacto social, entre otras.
Desde entonces he seguido investigando sobre la psicología del emprendedor. Y recientemente tuve la oportunidad de mirar nuevamente el tema del género, pero esta vez desde una perspectiva diferente: mis propios datos.
“Nos parecemos más, amigos míos, de lo que nos diferenciamos”
Como parte de la investigación que he realizado sobre los valores del emprendedor, estudié una muestra de 244 emprendedores de 27 países. La muestra, además, resultó estar prácticamente dividida por igual entre hombres y mujeres: 120 hombres, 123 mujeres, y 1 persona que prefirió no indicar su género. Para las comparaciones por género que presento a continuación, trabajé con los 243 casos que se identificaron como hombre o mujer.
Así que surgía inevitablemente una pregunta: ¿encontraría diferencias entre ellos?
La respuesta es sí. Pero antes de contarte cuáles fueron, quiero comenzar por algo que me parece todavía más interesante.
Hombres y mujeres nos parecemos bastante
Cuando hablamos de diferencias entre hombres y mujeres solemos comenzar precisamente por ahí: por las diferencias. Los hombres son más esto. Las mujeres son más aquello. Ellos toman más riesgos. Ellas son más empáticas. Ellos se orientan a resultados. Ellas se orientan a las personas. Tenemos un enorme repertorio de estereotipos disponibles. Sin embargo, cuando analicé los resultados de mi estudio, la primera conclusión fue mucho menos espectacular: hombres y mujeres emprendedores se parecen bastante más de lo que se diferencian. Analicé si existían diferencias por género en las distintas dimensiones de valores que había encontrado en el estudio. Y solamente en una de ellas apareció una diferencia estadísticamente significativa.
Me parece importante detenernos en esto.
No encontré un conjunto de valores masculinos frente a otro de valores femeninos. Tampoco dos maneras completamente diferentes de aproximarse al emprendimiento. En la mayor parte de las dimensiones estudiadas, ser hombre o mujer no hizo una diferencia significativa. Y quizá esta sea una buena manera de comenzar cualquier conversación sobre género: reconociendo primero todo lo que tenemos en común. Porque hablar de diferencias promedio entre dos grupos tampoco significa describir a cada uno de sus integrantes. Hay mujeres que se alejan enormemente del promedio femenino y hombres que se alejan del masculino. Una diferencia estadística nos habla de tendencias, no de destinos individuales.
Dicho esto, hubo algunas diferencias. Y son interesantes.
El estereotipo dice emocionales; los datos dicen íntegras
Existe un estereotipo muy arraigado según el cual las mujeres somos más "emocionales". No voy a entrar aquí en la discusión sobre cuánto de esas diferencias puede tener un origen biológico y cuánto responde a siglos de aprendizaje social y cultural. Es una discusión compleja que excede ampliamente el propósito de este artículo. Pero sí sabemos que existe una percepción cultural de las mujeres como más empáticas, comunicativas y orientadas hacia las relaciones.
Pues bien, algo de esa diferencia apareció en mis resultados, aunque no exactamente de la manera que plantea el estereotipo. La única dimensión de valores en la que encontré una diferencia significativa entre hombres y mujeres fue una relacionada con la manera como el emprendedor se vincula con los demás.
Esta dimensión recoge comportamientos como ser transparente con clientes y proveedores, mantener coherencia entre lo que se promete y lo que se entrega, buscar soluciones útiles para otros, construir relaciones duraderas y privilegiar la honestidad incluso cuando hacerlo pueda tener un costo económico. Las mujeres de mi muestra se identificaron significativamente más con estos comportamientos que los hombres.
Por eso, si tuviera que traducir el viejo estereotipo a lo que realmente encontré en mis datos, diría algo diferente: El estereotipo dice emocionales; los datos dicen íntegras.
No significa, por supuesto, que los hombres no sean honestos o no se preocupen por sus clientes. Estamos hablando nuevamente de diferencias promedio. Pero sí parece existir entre las mujeres de la muestra una orientación algo más intensa hacia una forma de hacer negocios basada en las relaciones, el servicio y la transparencia.
Y esto no es un resultado completamente aislado. El modelo HEXACO de personalidad —uno de los marcos más utilizados en psicología para estudiar rasgos— encuentra de forma consistente que las mujeres puntúan más alto que los hombres en la dimensión de Emocionalidad, un hallazgo que se ha replicado en decenas de países. La cercanía, la empatía y la orientación hacia las relaciones no son una percepción cultural sin respaldo: aparecen una y otra vez en los datos.
Quizá lo interesante sea dejar de considerar estas características simplemente como habilidades "blandas". Escuchar, generar confianza, entender las necesidades de un cliente, cumplir lo prometido y construir relaciones que sobrevivan a una transacción son también herramientas empresariales.
También definimos el éxito de manera algo diferente
Pero encontré otro resultado que hace especialmente interesante el anterior. En el estudio no solamente medí valores. También pregunté a los emprendedores qué cosas consideraban importantes para poder decir que habían tenido éxito. Y nuevamente apareció una diferencia entre hombres y mujeres.
Las mujeres atribuyeron significativamente mayor importancia que los hombres a los aspectos del éxito relacionados con las relaciones y el capital humano. Esto incluye elementos relacionados con los vínculos que construimos alrededor del negocio: clientes, colaboradores, socios y otras personas con quienes interactuamos durante el proceso de emprender.
Por tanto, encontramos dos resultados que apuntan en una dirección similar. Por una parte, las mujeres se identifican más intensamente con determinados comportamientos relacionados con el servicio, la honestidad y la construcción de relaciones. Por otra, también conceden mayor importancia a esas relaciones cuando definen lo que significa para ellas tener éxito. No solamente parece haber una diferencia en cómo hacemos algunas cosas, sino también en qué cosas consideramos valiosas cuando evaluamos el resultado.
Y esto plantea una reflexión importante.
Durante mucho tiempo hemos utilizado indicadores fundamentalmente económicos para medir el éxito empresarial: facturación, rentabilidad, crecimiento, patrimonio, número de empleados. Todos ellos son importantes. Una empresa necesita resultados económicos para sobrevivir. Pero no necesariamente son los únicos resultados que importan a quien la dirige.
Un matiz que rompe el estereotipo
También encontré algo que se aleja de la imagen tradicional: las mujeres de la muestra le dieron una importancia significativamente mayor que los hombres a la constancia en la ejecución: la capacidad de sostener el esfuerzo, no solo de proponérselo.
Relaciones y ejecución no son necesariamente dos extremos de una misma línea. Podemos preocuparnos por las personas y cumplir objetivos. Escuchar y tomar decisiones. Ser empáticos y exigir resultados. Tal vez una de las trampas de los estereotipos sea precisamente obligarnos a elegir entre características que no tienen por qué ser excluyentes.
¿Y quién tiene más éxito?
Llegamos entonces a la pregunta inevitable. Si encontramos algunas diferencias en los valores y en la forma de definir el éxito, ¿encontramos también diferencias en los resultados?
Sí, aunque nuevamente conviene interpretar los datos con prudencia. En mi estudio medí el éxito a partir de la percepción que los propios emprendedores tenían de sus logros recientes en distintas áreas. Las mujeres reportaron un nivel de logro significativamente mayor en tres de las cuatro grandes áreas evaluadas. ¿La excepción? El desempeño financiero empresarial y personal.
No podemos concluir a partir de estos resultados que "las mujeres tienen más éxito que los hombres". Mi estudio no fue diseñado para demostrar eso y, además, estamos hablando de éxito “autopercibido”. Pero el resultado sí nos invita a hacernos una pregunta diferente: ¿Cuántas veces confundimos éxito empresarial con éxito financiero?
El dinero importa. Por supuesto que importa. Pero cuando preguntamos a los propios emprendedores por sus logros aparecen también las relaciones, el impacto que generan, su autonomía y su bienestar personal. Y entonces la fotografía se vuelve bastante más compleja.
Quizá hombres y mujeres no solamente podamos valorar con distinta intensidad algunos componentes del éxito. Quizá eso también influya en aquello que reconocemos como un logro cuando miramos nuestra propia trayectoria.
Entonces, ¿existe una forma femenina de emprender?
Después de analizar mis resultados, sería difícil para mí defender una afirmación tan categórica. Encontré diferencias entre hombres y mujeres, pero encontré muchas más similitudes. La mayoría de los valores que estudié no presentaron diferencias significativas por género.
Los elementos fundamentales que parecen contribuir al éxito de un emprendedor no pertenecen a hombres ni a mujeres. Son valores que cualquiera puede desarrollar y fortalecer. Pero dentro de ese enorme territorio común aparecen algunos matices.
En mi muestra, las mujeres mostraron una orientación más intensa hacia las relaciones basadas en el servicio y la honestidad. Concedieron mayor importancia a las relaciones y al capital humano como componentes del éxito. Y otorgaron mayor importancia a la constancia en la ejecución. También reportaron mayores logros en varias dimensiones del éxito, aunque no en la financiera.
No sé si deberíamos llamar a estas diferencias "superpoderes", como hice en aquel artículo hace un tiempo. Hoy probablemente utilizaría una palabra menos llamativa y más precisa: fortalezas. Y, sobre todo, no creo que debamos interpretarlas como fortalezas exclusivamente femeninas. Si construir mejores relaciones con los clientes contribuye a nuestro negocio, los hombres pueden aprender a hacerlo. Si la constancia nos ayuda a convertir nuestras intenciones en resultados, también podemos fortalecerla. Si escuchar, servir, cumplir nuestra palabra y generar confianza producen mejores relaciones empresariales, no hay ninguna razón para colocar esas conductas dentro de una categoría de género.
Quizá ahí esté la conclusión más importante. Estudiar las diferencias entre hombres y mujeres no debería servirnos para construir dos cajas nuevas donde clasificarnos. Debería ayudarnos a identificar comportamientos que parecen funcionar y preguntarnos qué podemos aprender unos de otros.
Hace algunos años escribí sobre los posibles "superpoderes" de las mujeres emprendedoras. Hoy, después de mirar mis propios datos, comenzaría por otro lugar. Por recordar, como decía Maya Angelou, que nos parecemos mucho más de lo que nos diferenciamos.
Y quizás sea precisamente desde todo lo que tenemos en común desde donde mejor podamos entender —y aprovechar— aquello que nos hace diferentes.